Ojos barrocos

La Mirada exuberante. Barroco novomundista y literatura latinoamericana. Lois Parkinson Zamora. Iberoamericana 2011.

 En 1996, Carlos Rincón en su libro Mapas y pliegues señala la agenda de investigación de Walter Moser sobre el barroco:
El barroco del siglo XVII en Europa y su transferencia hacia Iberoamérica; 2. La constitución de una tradición americana barroca con variantes regionales; 3. Las variantes del Barroco en Europa; 4. El surgimiento del Neobarroco en Europa y en América Latina; 5. La diferencia entre el retorno conservador y nostálgico al barroco y el retorno posmoderno del barroco.
En todo caso, la nueva ronda del debate sobre el Barroco y Neobarroco ha comenzado: la imagen es, otra vez vínculo (Gruzinski 1990: 218)

Coincidiendo en ciertos puntos de esta agenda y distanciándose de otros el libro de Lois Parkinson Zamora profesora de literatura latinoamericana de la Universidad de Houston, La mirada exuberante, traducción de The inordinate eye publicado en 2006, representa una actualización y una nueva mirada al tema del barroco y neobarroco latinoamericano, una de las cuestiones que más apasionamiento ha producido en los escritores y académicos latinoamericanos, estadounidenses y europeos, debido a su rica significación literaria y artística. El barroco ha sido celebrado como gran ejemplo del mestizaje cultural americano, lo que llevó a que se convirtiera en uno de los referentes de identidad más recurrentes por los escritores latinoamericanos. Es notable el interés de distintos que han tenido hacia el barroco, como Ruben Darío, o como Octavio Paz, cuya biografía sobre Sor Juana Inés de la Cruz es considerada por académicos como Irlemar Chiampi como una obra que recupera al barroco para el siglo XX.

Por esta razón, Parkinson Zamora plantea analizar tanto obras literarias como obras visuales, que complementan la visión del barroco latinoamericano. La mirada le sirve a la autora como metáfora de la forma de ver que plantean los artistas y los escritores latinoamericanos, es una mirada que plantea una visión del mundo que resignifica, mezcla y transgrede la estética europea. La mirada también se relaciona con la visión que la autora propone Parkinson Zamora, al incluir tanto lo visual cómo lo escrito en su análisis de los aspectos estéticos e ideológicos de las obras que estudia.

El libro recoge la tradición de pensadores que han reflexionado sobre el barroco, desde Walter Benjamin y Gilles Deleuze a Alejo Carpentier, José Lezama Lima, y Severo Sarduy, que se vuelven referencias fundamentales en sus análisis.

Siguiendo la tradición de autores franceses como Serge Gruzinski, la autora toma a México como modelo de la formación del barroco americano, debido al encuentro de culturas que se dio allí con la conquista. La figura de Coatlicue, la diosa madre azteca se convierte en el arquetipo de la imagen metamórfica y transcultural barroca, figura que reaparecerá como la Virgen de Guadalupe, en los murales de Saturnino Herrán y Diego Rivera, en las pinturas de Frida Kahlo o en la obra de Octavio Paz.

Partiendo de la representación indígena en los códices, con la intención de mostrar la representación indígena, cuenta como ésta se mezcló con las formas artísticas españolas, para pasar a examinar los murales de Diego Rivera, pintor que recoge esa tradición y se dedica a pintar la historia y la cultura mexicana, actualizando la tradición azteca de representación. Paralelamente analiza la obra de de Elena Garro, autora en cuyas novelas se despliega un mural literario. En el siguiente capítulo la autora revisa las teorías sobre el barroco hechas por Carpentier, Lezama Lima y Sarduy, con la intención de buscar cómo conciben el espacio. Para ejemplificar esta búsqueda, analiza el espacio en las novelas de Carpentier, como Concierto barroco y El siglo de las luces con la relación del barroco con lo real maravilloso y en los paisajes del pintor francés Francois de Nomé, (1593-1620).

En el siguiente capítulo se aborda la formación de la subjetividad barroca, que se expresa por escrito en Del amor y otros demonios de Gabriel García Márquez y en las imágenes de Frida Kahlo. En la obra de estos dos autores, escrita una y otra visual, Parkinson Zamora encuentra recreaciones de las imágenes de vírgenes y santos barrocos, que son resignificados en sus obras, para expresar una sensibilidad, una cosmovisión  y en particular, una manera de representar a la mujer. En este punto la obra de Kahlo le sirve para ilustrar el barroco popular, estilo en el que la pintora se basó para crear sus autorretratos.

En el quinto capítulo la autora pasa a interpretar la obra de Jorge Luis Borges como un autor barroco, a pesar de que este había manifestado su rechaza a este estética. Apoyada en las emblemas, espejos y naturalezas muertas barrocas, describe como el uso de temas y símbolos como el laberinto, el sueño y el infinito, recursos como el tromp l oleil (trampantojo) o la mise en abyme (puesta en abismo),  tienen un trasfondo barroco, que aluden tanto a la ilusión óptica, como a la ilusión del conocimiento. La referencia más original de este capítulo es de nuevo visual y literaria, al relacionar  los complejos altares barracos cob el magnífico Aleph borgiano, en el que cada ventana lleva a un mundo distinto. 

En el cierre de la obra, la autora se aparta de los pensadores que han incluido al neobarroco como una vertiente del posmodernismo, al explicar que el barroco surge dentro de la modernidad para transgredirla, formando lo que algunos autores han denominado “modernidad alternativa”. En fin, esta obra sustentada y sugestiva, es un aporte a los amantes del barroco tanto en su vertiente artística como literaria, además abre el espacio para nuevos análisis e investigaciones sobre los nexos entre la historia del arte y la historia literaria, planteando miradas interdisciplinarias y comparativas  en el estudio de la literatura. 

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